Una gran parte del agua potable mundial proviene de zonas boscosas, y millones de personas dependen del agua dulce de buena calidad que fluye de los bosques. Los bosques ayudan a mantener una elevada calidad del agua, influyen en la cantidad de agua disponible y regulan el flujo de las aguas de superficie y subterráneas. Además, contribuyen a la reducción de riesgos relacionados con el agua como desprendimientos de tierra, inundaciones y sequías y evitan la desertificación y la salinización.

Los bosques desempeñan importantes funciones de amortiguación, como el enfriamiento, la intercepción de la lluvia y la infiltración y la retención del agua. Por consiguiente, pueden mitigar los fenómenos meteorológicos extremos y reducir los efectos del cambio climático en los recursos hídricos. En cambio, los bosques son vulnerables a los efectos de dicho cambio, como la disminución o el cambio del régimen de lluvias. Los gestores forestales deben reducir la vulnerabilidad de los bosques al estrés por falta de agua y reforzar su función como garantes de un suministro continuo de agua.

Las prioridades de la gestión del agua en los bosques dependen en gran medida de la geografía física del bosque, y probablemente serán distintas a las de las tierras bajas (donde las lluvias son menores y la inflitración del agua es superior debido a las pendientes más suaves) y a las de las tierras altas (donde las lluvias son más frecuentes e intensas, los suelos menos profundos y las pendientes más escarpadas con una mayor escorrentía superficial).